DOS JORNADAS DOMINGUERAS

Vamos a relatar dos jornadas domingueras de una misma temporada .Evidentemente que hubo muchas otras más livianas y tranquilas. Se escogieron ambas de idéntico signo para que no pueda dudarse del entusiasmo de los componentes de la Sociedad Peñaubiña.

Se acudía a misa de ocho a la iglesia de San Juan el Real, en Oviedo, saliendo, todo lo más tarde, a las ocho cuarenta.

Viajábamos en un vetusto autobús de la Diputación un grupo que, "guapamente", cubriría el 2% del total de asistentes a Pajares.

Puede decirse, en términos generales, que los asientos anteriores eran ocupados por los veteranos de muchas temporadas, con un buen nivel de esquiador; hacia atrás se acomodaban los noveles e inexpertos.

Renqueando, el autobús iba superando San Esteban de las Cruces, descenso de la Manzaneda, paso a nivel de Olloniego, El Padrún, La Rebollada, hitos que individualmente eran otros tantos "monstruos sagrados" de las dificultades en carretera.

PRIMERA JORNADA

La primera jornada es en enero; un día frío y nublado. Había nevado con intensidad los días precedentes; nuestro humor oscilaba ente la esperanza de la abundancia de nieve en las pistas y el temor de no poder llegar a ellas.

Así fue. En Puente de los Fierros, los agentes de tráfico nos dicen que regresemos o aparquemos sin estorbar. El Puerto está cerrado.

Algún cambio de impresiones y ya tenemos el grupo, en bloque, con los esquís al hombro, acometiendo la caminata.

¡Total nada!: 800 m de desnivel y casi 12 kilómetros de carretera nevada y en algunos bien conocidos tramos totalmente helada.

No puedo recordar si fue un día apto para los deslizamientos o cerrado en ventisca y niebla. Nos tuvo de la Ceca (Casa de los Salvadores) a la Meca (Parador de Turismo); de los manchados (vino blanco con moscatel) a la ginebra con seltz; de las prácticas estufas de carbón a la calefacción y a la suntuosa chimenea de leña.

Lo cierto es que a las cinco emprendimos el regreso.

Se apuntó anteriormente una división del grupo, con arreglo a sus conocimientos de esquí. Vamos a ver por qué.

Los buenos esquiadores, mujeres u hombres, aprovechando al máximo la velocidad conseguida en la pendiente, dando bastones a tiempo, avanzando en correctos "pasos de fondo" por las zonas llanas, consiguieron hacer de la bajada un estupendo descenso.

El resto, también hombres o mujeres, con caídas en los descensos, con el quita y pon de esquís en zona llana, sin entrenamiento en las piernas, encontraron al bajar dificultades aún mayores que a la ida. Concretando: se hizo de noche y fueron llegando con más de una hora de retraso.

 "¿DONDE ESTÁ MANOLO?"

La entrada hacia los últimos asientos era acompañada por un "rum-rum" y por voces bastantes destempladas, por ser la causa del retraso.

Por fin, el motor en marcha acalla los murmullos. Sin embargo, antes de avanzar, unos interrogantes lo van llenando todo.

 ¿Dónde está Manolo?" "¿Quien vio a Manolo?" Y se pretende que la respuesta salga de los asientos posteriores, ocupados por los que bastante hicieron con llegar a ellos.

 Manolo tiene veinte años, pero ese día hacía su "bautismo de nieve".

 Finalmente, uno de los más rápidos, que, basándose en esa rapidez, salió el último, alcanzando raudo a casi todos declara:"¿No será Manolo un chaval que vi quitándose los esquís en el llano, junto a la vía, cerca de la entrada de la "Perruca"? Si es ése no llega aquí ni a las doce de la noche."

 "¡Pues marchamos sin él!"

 "¡Eso es mucho decir!"

 "Hay pueblos, Pajares y Flor de Acebos, y casas de trecho en trecho. Se quedará a dormir en una de ellas,"

 "¡A la familia tendremos que darle noticias concretas! No queda otro remedio que salir a su encuentro".

  Como era razonable, se organizó un grupo de tres o cuatro en el que, curioso, alguno era de los últimos en llegar, sin tiempo ni para aflojarse las cintas de las botas.

Se asciende un buen trecho. Luego se ven los faros de un coche que baja. Se le detiene. "¿No encontró un muchacho en la carretera?"

Desde el asiento de atrás sale una quejumbrosa y acusadora voz:

"Estoy aquí. ¿Cómo me dejasteis solo?"

 Chico, perdona; no nos dimos cuenta."

 El conductor (Anselmo el del Blanco y Negro) era dueño de un importante comercio de Oviedo.

 "A usted, ¿por qué le dejaron pasar?"

 "Vengo desde Madrid; nadie me detuvo. El coche patinó muchas veces; pasé verdadero peligro y miedo."

 "Es que el camión quitanieves, y ahora el auto de usted, son los únicos vehículos que bajaron en todo el día."

Después de todo, un final feliz.

 

  SEGUNDA JORNADA    

El segundo relato es en primavera. El sábado nevó intensamente; se repiten los hechos, salvo que el día es radiante.

 Se llega andando al alto del Puerto; se descansa y se come algo con cierto alegre nerviosismo, pues se quiere empezar cuanto antes a utilizar el telesquí de la Cerra.

 Este empezó a funcionar para los hospedados en Casa de Quico y la Residencia de Arbas y los del Parador Nacional.

Pronto se organizan las dos colas; suben dos personas de la preferente por cada una de la otra. Se disfruta a tope.

 A las cinco, porque los días son más largos, se advierte a los lentos que empiecen a bajar. ¡No vaya a ocurrir lo de la otra vez!

Inician el descenso. El camión quitanieves empujó ésta a los lados, que quedan impracticables. Por la caja, abierta al tráfico, los vehículos, con la acción mecánica de las ruedas y el calor de los escapes, ayudando al calor del sol de aquel magnífico día, derriten la nieve.

Desde el segundo "mojón", faltando 10 kilómetros para Fierros, está imposible. Hay -¡también!- que descender andando.

Ajenos a estas circunstancias, las "figuras", dueños y señores del telesquí, acumulan descensos y descensos y aumentan otros quince minutos a la ventaja dada, se toman unas cervezas y se da cera con tranquilidad.

¡Va a ser una estupenda exhibición, el parangón triunfal de su habilidad!. Bien pronto se dan cuenta de su error: la nieve ha empeorado todavía más.

Las fuerzas, por consiguiente, se han, no ya equilibrado, sino que, derrochadas en la última hora y media, están al borde de la extenuación. ¡Arrieros somos!

También hubo "rum rum" mientras se iban incorporando con gran retraso al autocar; pero los cristales con los que miraban los esquiadores maletillas eran de tonos amables, consiguiendo que el suceso se deslizara por derroteros de "coñas" y simpatía.        

   

PARADOR DE TURISMO DE PAJARES