AQUELLOS PIONEROS DE "LA SENDA" Y UNA ANÉCDOTA POR AÑADIDURA

Al escribir "La Senda", me estoy refiriendo, obvio es decirlo, al maravilloso camino de no menos de 1,5 metros de ancho y diez kilómetros de longitud que se "engarzó" en las vertientes, izquierda, derecha, izquierda, de la Garganta del río Cares. Fue el ingeniero don Eugenio Guallar quien consiguió que "La Viesgo" realizase tan importante inversión- entre los años 1944 al 1950- con la finalidad de un eficaz mantenimiento del canal Caín -Camarmeña; y correspondió al cabraliego Manuel Campillo, a la sazón encargado (en 1918 había empezado de pinche en las obras del citado canal), quien determinó por donde debería pasar y dirigió, a pie de obra, los trabajos.

Algunas personas, de manera muy pausada, fueron teniendo conocimiento de la apertura de un enclave hasta entonces inaccesible que se intuía admirable y, una vez recorrido, se reconocía como mucho más extraordinario que todo lo imaginado. Asítranscurrieron un par de décadas.

En los años setenta, en la terraza del "entrañable" Café Pinín, don Andrés Álvarez Posada - recordado por muchos de mis amigos como buen profesor de Matemáticas, con cierta "dosis" (los alumnos hubieran preferido que ésta fuese "la mitad de la mitad") de ironía - nos contó a los contertulios habituales de los veranos la anécdota que más adelante trataré de trascribiros  Pero es necesaria una "puesta en escena"; viene ésta de la mano del propio don Andrés. Así nos la contó: " Un profesor del Instituto nos propuso a los demás profesores que fuésemos a conocer la Garganta del Cares (lo de llevar a los alumnos de excursión  no se "estilaba"), ya que hacía poco tiempo se había abierto una senda que permitía recorrerla con facilidad. Nos informó asimismo que Morán, además de su "flota" de autocares tenía un vehículo para ocho pasajeros, que nos dejaría en Poncebos y, al atardecer, nos recogería en Posada de Valdeón, devolviéndonos, después de cruzar los puertos de Pandetrave y Pontón y el alto de Ortiguero, bien entrada la noche, a Llanes".

No recuerdo que nombrase a los profesores que se apuntaron a la aventura; sin embargo, por mi cuenta, pongo el nombre y apellido de los más conocidos y queridos por mí, pretendiendo que al sentir una cierta intimidad, nosotros, en cierto modo, participemos en tan importante evento.

Antes de la siete de la mañana de un domingo de, quizá, 1952 partía el automóvil con la señorita Nieves Sotres y don Fernando Carrera de copilotos; don Andrés, Antonio Mijares y Wences Junco, en los asientos centrales y Antonio Celorio, Julio Bengoa y Gabriel Sotres en el asiento trasero. (A los que no puse el "don" se debe a que mi trato con ellos me lo permitía). Iban, ciertamente, al azar, llevando por todo bagaje: un bocadillo. No tenían en absoluto claro en qué consistía aquel, por lo demás, apasionante viaje.

El mecánico si había trasladado y recogido a otros grupos. En los regresos se enteró de los entusiasmos que "la Garganta Divina" auspiciaba..., escuchaba también las quejas, los dolores, los calambres que, alguno sin entrenamiento, tuvo al recorrer los 21 kilómetros (once de la Senda y diez del tramo Caín-Posada de Valdeón), amén de los 800 metros de desnivel que era necesario superar.

Estos conocimientos fue transmitiéndolos a los, atentos a sus palabras, pasajeros. Es posible que la señorita Nieves y Carrera tuvieran con el conductor un cambio de impresiones, ya que al llegar a Poncebos, ambos manifestaron que declinaban participar en la caminata:

 “Acompañaremos al conductor por el interesante recorrido (ahora diríamos en el hermoso viaje turístico); Panes, desfiladero de la Hermida, Potes, donde en determinada fonda comeremos de mesa, mantel, cuchara, tenedor y cuchillo, y postre de la casa; subiremos cómodos, aprovechando toda la amplitud del coche, los puertos de San Glorio y Pandetrave y, cuando os recojamos en Posada de Valdeón participaremos de "vuestra" aventura, con lo que nos queráis contar, en el viaje de regreso."

También yo  "me apeo en marcha" de aquella excursión. Desconozco qué sensaciones tuvieron y las dificultades por las que atravesaron. No es cosa de "fabularlas". No me parece oportuno " introducirme" en sus sensibilidades aunque con seguridad hay personas mal dotadas físicamente para recorrer estos parajes, que reciben sensaciones más intensas y profundas que otras en las que todo está supeditado a su superioridad en piernas, pulmones y corazón.

 De la mano de don Andrés, centrémonos ahora en la anécdota. Volvemos a encontrar al grupo, renqueante, superado ya Cordiñanes, acercándose a los Llanos. Delante de ellos camina un pastor con un bulto de un metro cúbico; se le ve andar con dificultad; al adelantarle y saludarle aquél aprovecha para recostarse sobre la carga en un hastial del camino.

- Sigan, sigan, yo tengo que recuperar el resuello.

Nuestros héroes llegan a Posada de Valdeón, concretamente a la Fonda de Abascal. La dura caminata - les cuesta trabajo asimilarlo- ha terminado; piden unos refrescos. Sólo les falta que llegue el coche y "embarcar" para Llanes.

Poco tiempo después llega el paisano que deja caer su voluminosa carga al suelo, en el centro del local; respira hondo y, pasado un minuto, se acerca  a Abascal sonriente:

- "Aquí tiene la tila que me encargó".

- "Pero hombre, por Dios, cómo se te retrasaste tanto, ya compré mucha tila, ésta no la necesito".

  Aquel buen hombre no acababa de entenderlo:

 - "Pero si me la encargó usted".

- "Ya te digo que tengo bastante, este año no te la compro".

 Aunque los demás profesores siguen compartiendo sus emocionantes recientes vivencias, don Andrés, un  hombre apasionado, percibe que algo no marcha bien. Se acerca a un cliente que en compañía de sus amigos presencian sonrientes la "escena".

 -" ¿Qué es lo qué ocurre?" pregunta.

- "Se va aprovechar de él, es el único que compra en el Valle la tila, tendrá que casi regalársela o regresar con la carga a Corona que es donde vive".

Don  Andrés requiera más datos:

-" ¿Es cierto que tiene mucha tila?"

El cliente le asegura que toda la tila que se recoja en los Picos de Europa la compran los herbolarios.

-" ¿Cuánto puede valer esta carga?"

- Abascal la venderá en trescientas pesetas por lo menos y al pastor deberá pagarle  quince duros.

Entre tanto el paisano sigue suplicando:

- "¿Qué voy a hacer con ella?, "costóme" muchísimo esfuerzo recogerla, jugándome la vida sobre precipicios".

"Ablandándose", Abascal hizo su última oferta:

 -“ Ya te dije que no, que no compro, mira por la tienda y escoge una cosa".

El pastor avergonzado ya que todos estaban pendientes de él, cogió ¡ una sombrilla! y se dispuso a "esfumarse".

 "Señor, espere un momento"  le dijo don Andrés. Se dirigió a Abascal, una docena de adjetivos, oportunos todos ellos, le venían a la boca, pero no dejó de darse cuenta que los clientes transigían contentos ante aquel, para él, atropello; los profesores no entendían lo que estaba pasando y... estaba en su casa.

 - "Es usted...un abusón", dijo. Luego dándole la espalda, se acercó a sus compañeros.

 -"Dadme cada uno de vosotros un duro".

Esperó impaciente a que aquéllos, con algún préstamo entre ellos (en aquellos tiempos a los profesores se    les pagaba mal), le entregasen la cantidad estipulada; luego, añadiendo él tres duros, se fue hacia el pastor.

- "Tome estos ocho duros que bien ganados los tiene".

Aquél los cogió emocionado y no sabiendo cómo expresar sus sentimientos, se marchó.

Pasados unos minutos se oye llegar un coche y enseguida entran en el bar la señorita Nieves, Carrera y el conductor. Saludan y piden (los que  no se deshidrataron en la caminata) sendos cafés con leche.

Don Andrés les cuenta, con todo detalle, lo ocurrido con el paisano, para a continuación, reclamarles a sus compañeros las cinco pesetas que adelantó por ellos.

La señorita Nieves, que es "rica de por casa", muy conmovida por el relato dice:

"Pero Andrés ¿Por qué no le dio  los quince duros que valía la tila?"

Don Fernando Carrera que por aquellos días tenía a sus cuatro hijos estudiando en la Universidad y que toda la tarde estaba tratando de "asimilar" el exceso dinerario cometido por comer en la Fonda, dijo con ironía.

-" Corra a ver si alcanza al pastor y dele, de su peculio, los siete duros que, insinúa, le debemos".

Se disponen a marchar, Abascal sabe que el coche tiene una buena baca en el techo. Se dirige alarmado a los profesores:

- "¿Van a llevarse la tila?"

 Seguro que de recibir respuesta afirmativa les exigiría el pago de ¡la sombrilla!

A don Andrés le hubiera gustado ilustrarle con una "regañina moral", pero pensando que su mente avarienta no la captaría, respondió socarrón:

-"En esta ocasión también nosotros mercadeamos con especies; quédese con la tila a cambio de nuestras consumiciones".